Chile – Brasil: dos vidas y una tradición - Parte II
Por Fabíola Perez*
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Parte II
De esta manera, cuando Nubia cuenta como vivieron y cual era la ocupación de sus padres, su activa participación sociopolítica se justifica. Comunista, militante del partido de izquierda, artista plástico y profesor de la Facultad Belas Artes de Chile, Vanor Ezequiel Salinas Donnaire estaba acostumbrado a pasar horas y horas por la noche, en la compañía de sus amigos y de una botella de vino, discutiendo soluciones para el mundo. Ya su madre, Rosália Arena Hidalgo, trabajaba como auxiliar de enfermería y, según Nubia, así como todas las mujeres de la familia fue creada para ser una ama de casa, sin la oportunidad de estudiar.
Además de las fiestas y conmemoraciones entre amigos, a partir de 1971, Nubia ingresó para la organización Juventud Comunista, dónde participaba de trabajos voluntarios, como en un viaje para el Norte del país para señalizar las vías de la mina El Salvador – otra fuente de extracción de cobre. “Mi mamá era muy rígida y un día mandó que yo eligiese; trabajar o estudiar, entonces empecé a trabajar porque ya estaba en el último año de la práctica de la Enseñanza Normal”, explica.
El último año
Reflexivo, Héctor deja el silencio para pedir la palabra a Nubia, él desea explicar con sus propias palabras el año de 1973. “Y vino el año de 73”. El 11 de septiembre de este año, las Fuerzas Armadas chilenas comandadas por el general Augusto Pinochet fue responsable por el golpe militar que dió origen a una dictadura que se extendió por los próximos 17 años. “Sabíamos que el golpe estaba cerca, pero creíamos que los militares respetaban la Constitución, y nada iba a ocurrir”, relata.
Pocos minutos después del golpe, la sede del gobierno chileno, el Palacio de La Moneda también sufrió un ataque militar. “Desde entonces, mi rutina se convirtió en días muy difíciles, porque tenía reuniones periódicas en la facultad e hacia parte de mi camino pasar cerca de La Moneda”, explica. “En el día del bombardeo, vimos de la casa de Nubia los cuerpos muertos extendidos por las calles”, añade él.
Nubia ya no estaba con su sonriso característico, estaba con las manos apoyadas en la mesa, y mirando fijamente una pared cualquiera de la casa. Fueron decretados tres días en los cuales las personas debían quedarse en sus casas, no se podría salir a las calles, era el llamado toque de queda, que servía para impedir toda posibilidad de reacción popular. “Los jóvenes eran todos interrogados, si los hombres tenian pelo largo, era cortado; si las mujeres vestian pantalones, también eran cortados”, recuerda ella.
De acuerdo con las Comisiones de la Verdad de Chile, más de 2 mil personas fueron muertas durante los años de dictadura militar. “Cuando volví a la universidad ya había perdido algunos amigos y un día, caminando alrededor de la facultad, un miembro de la policía me paró para invitarme a quedar en silencio”, desahoga Hector.
El ingeniero cuenta que por muchas veces pasaba las noches en un alojamiento llamado Casa del Maestro, dónde muchos profesores viajantes hacían pequeños descansos. “Cierto día, a las once de la noche, después del toque de queda, estábamos tres amigos conversando, cuando un joven rubio, alto, con bigote y una ropa impermeable entró de repente en nuestro cuarto. Explicamos que eramos solamente profesores, pero ellos insistieron en interrogarnos. Salieron por un rato e volvieron rompiendo la puerta con ametralladoras en las manos y, por fin, se fueron”, recuerda. “Me metí en la cama con las piernas trémulas, no conseguía parar de tremer. ¿Qué pasa? Intentamos hacer lo mejor para el país y ahora pasamos por esto… ”. Héctor interrumpe el relato.
“Hay en situaciones que somos obligados a salir de nuestro país, por necesidad”. Héctor cuenta que este día fue la primera vez que pensó en dejar el Chile. En este periodo, todas las personas que mantuviesen relaciones con la izquierda podrían tener el nombre ‘fijado’ por la policía. Y más: todos los organismos de fiscalización del Cono Sur estaban trabajando interconectados. Surgió entonces, la idea de trasladarnos para Brasil. Uno de los conocidos de Héctor era superintendente de la mina El Teniente – que había trabajado con él – y que también estaba con el nombre fijado por el gobierno. Con esta ayuda, Hector decidió cambiar de país para intentar empezar una nueva carrera. Antes de partir, arregló su casamiento con Nubia, para que ella – que aún estudiaba su último año de la facultad – pudiera también partir para Brasil, después que tuviera el curso finalizado.
En menos de 15 días, la liberación para viajar ya estaba lista. “Fuímos tres amigos y todo lo que nosotros llevábamos era (...) Aguardem a Parte III *Fabíola es colaboradora del PORT.A.L.. Periodista, graduada por la Universidad Presbiteriana Mackenzie y, actualmente, estudia Periodismo Político Nacional e Internacional por la Pontifícia Universidad Católica de São Paulo.
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